En la segunda vuelta presidencial, millones de ecuatorianos optamos por el actual mandatario no por su carisma, experiencia, ideología ni filiación capitalista. Votamos por él para evitar la soberbia, la represión y el autoritarismo que nos arrastrara hacia los modelos de Cuba, Venezuela o Nicaragua. Fue un voto por la democracia, por la libertad de pensamiento, por el derecho al disenso sin miedo a ser insultados ni condenados. Pero que lo sepa bien el señor Presidente: ese voto no fue un cheque en blanco. No le fue conferido para reeditar la prepotencia, el autoritarismo y el cinismo del líder de una organización hoy desenmascarada como deshonesta y criminal. El rostro del autoritarismo no necesita cadenas nacionales ni pactos con mafias: puede ser joven, sonriente y supuestamente liberal. Cuando se gobierna sin una cosmovisión de bienestar, se despide sin justicia y se actúa sin diálogo, los vicios del pasado reaparecen con otro ropaje, pero igual de peligrosos. Estas prácticas, vengan envueltas en trajes azules, rojos o morados, no deben tolerarse bajo ninguna bandera política. Se apoyarán siempre las acciones que promuevan el desarrollo y la dignidad del pueblo, y se denunciarán aquellas que perpetúen privilegios a costa de las mayorías. Amparado en una reestructuración estatal que reduce de 20 a 14 los ministerios, el gobierno pretende ejecutar el despido de 5.000 empleados públicos, muchos de ellos sin la más mínima compensación, así sea con nombramiento definitivo. Esta medida recuerda al nefasto decreto 813, que en su momento el populista sin ideología …










