No sé si los conceptos han ido adaptándose a nuevas realidades, pero antes, el aburrimiento era visto como un aspecto negativo en la niñez y la adolescencia. Se buscaba academias deportivas y artísticas a modo de distracción, en ciertas ocasiones a modo de estudio, y sobre todo estas actividades representaban el reemplazo y medicina al televisor, un artefacto visto como una grave adicción. Luego, con la llegada de los teléfonos portátiles para recibir llamadas y mensajes de texto nos mantuvimosatentos. El sonido de notificación de una llamada o mensaje representaba que alguien (del círculo muy cercano) nos pensaba y aquello simplemente llegaba al corazón. No interrumpía los tiempos didácticos, ni la escuela, ni las tardes de juego, pero empezó a generar una dependencia de llevar con nosotros a todo lado un dispositivo por el mero “por si acaso.” Ya sabemos lo que tenemos hoy: pantallas que se activan a la madrugada ante un “no puedo dormir;” una iluminación que nos invita a tener nuevos protectores solares que incluyan también una protección a la luz visible o azul; una falta de gestión y administración de tiempo y aburrimiento. Nuestros instinto, cuerpo y mente nos motivan a reaccionar según las alertas que recibimos en cada situación. En el peligro, buscamos ayuda; ante una caída ponemos las manos; tras un susto, damos un grito. Con el aburrimiento, despierta la creatividad. Por definición de la RAE, el aburrimiento es sentir el cansancio del ánimo originado por falta de estímulo o distracción, o por molestia reiterada. Entonces, ¿Justifica el uso de pantallas los incontables minutos viendo videos y publicaciones de la vida de los …










