A Pepe Mujica jamás le mareó el poder -del que creía era ilusorio-, por eso, sus sandalias, vestimenta modesta, motocicleta y su clásico Volkswagen. La irreverencia asumida en contra del sistema imperante lo catapultó como un sujeto fidedigno, al cual nunca le tembló la voz en el momento de expresar sus verdades. Desde luego, su posición fue incómoda para quienes han usufructuado de los privilegios de la Cosa Pública. Tampoco renunció a su otra pasión: la naturaleza y el campo, por ello, residió en su chacra en las afueras de Montevideo (Rincón del Cerro). Desde ahí, lejos del bullicio, repensó con sabor a mate aquellos sueños juveniles que lo empujaron a contribuir en la construcción de una mejor sociedad. Este peculiar personaje de usanza campechana alcanzó una proyección internacional de enormes ribetes, aunque -paradoja de la política- en su propio país haya tenido severas críticas por las formas de gobernanza. Sin embargo, para Mujica no fue de mayor interés introducir estrategias de imagen (a lo contrario de lo que se podría suponer) que sostengan su período presidencial, cuando en lo esencial primó su tesón por alcanzar óptimos niveles de subsistencia en la gente más humilde, a la cual donó más del 90% de su sueldo como Ejecutivo. Es en esa alta dignidad en donde hizo todos los esfuerzos posibles para reducir los niveles de indigencia de los “sumergidos”. Para lo cual, aplicó programas de vivienda, salud y educación. Asimismo, mostró interés en temas: energético, agrario, productivo, laboral (en sus cinco …










