Ante el zafarrancho armado luego de la marcha noboísta en contra de la Corte Constitucional por haber suspendido varios artículos de las leyes encaminadas, según el Gobierno, a dar batalla al crimen organizado en cuya pirámide está el narcotráfico a gran escala, nos han dicho que el problema radica no en los jueces que integran esta especie de suprapoder sino en la Constitución. A la luz del evangelio constitucionalista, cuyos versículos están repletos de derechos, algunos hasta románticos; otros contradictorios con la realidad actual respecto de cuando fueron redactados, insertados sin nunca haber sido aprobados (pregúntenle a León Roldós) por una masa ya para entonces entontecida por el nuevo Mesías; y otros de los cuales se vale la gran delincuencia, aquella que le tiene al Estado con el rabo bajo las piernas y el hocico en el suelo, para hacer de todo sabiendo que la cárcel, las audiencias judiciales, las detenciones, son un juego de tres en raya, la CC, en nombre de la democracia, ha sido defendida como el padre que, colocándolo detrás suyo, defiende a su hijo ante el ataque de un bulldog. Está bien. La ley es la ley. Pero también esa CC ha sido cuestionada por unos cuantos “atrevidos” que le han contado sus costuras mal hechas, su fundamentalismo constitucionalista, ni se diga garantista a fuerza de que los derechos no son regresivos, al contrario son o hasta pueden ser aumentados, según sus interpretaciones sacrosantas. Bueno entonces, si el problema es la Constitución, por qué diablos …










