Terminan las vacaciones y entre las memorias creadas están algunas con ese tinte alegre, otras devienen nostálgicas, y unas cuantas más nos hacen filosofar sobre lo que hemos vivido esos últimos días bajo una lupa de análisis de los pros y contras del viaje, rescatando aquello que repetiríamos y procurando olvidar todo lo que dejó un mal sabor. Lo cierto es que moverse a un lugar diferente nos pone, muchas veces de manera inadvertida, ante costumbres que nos semblan disparejas, tonos de voz que nos confunden, un lenguaje corporal ajeno. Estas situaciones provocan cierta desorientación en nosotros porque no sabemos si determinada actitud de nuestro receptor fue en oposición a una acción, o si más bien se trata de una forma natural de reacción bajo los estándares de su sociedad. Estos patrones, se han desarrollado en comunidad con su propia comprensión y comunicación, y se incluyen además las normas, mismas que rigen su convivencia. Por otra parte, parece extraño, pero es como si cada cultura tuviera sus valores, aun cuando se entiende que éstos son universales. ¿Cómo es que un valor puede ser vivido de manera diferente entre un país y otro? La honestidad se ve igual en el norte o en el sur, en cualquier continente, en tierra o en el mar. Pero el valor moral como la tolerancia (que es también una virtud), puede sentirse de manera diversa dependiendo del lugar en el que estamos. Y doy un ejemplo muy propicio a todo lo que ya he mencionado …










