Cuenta la historia que hace algunos años existió un considerable rebaño de “borregos”, que los iba incrementando en su número un “beduino” muy sagaz y que los reunía sabatinamente para pasarles revista, contar el número y enrumbarles por los senderos, a conveniencia del pastor. Que era tan astuto el beduino que les obligaba a los borregos a adoptar diversos comportamientos en función de los caprichos del pastor y también de sus “beduinitos” ayudantes. Se narra de la presencia de borregos incapaces o negativos de seguir los mandatos del pastor, terminando por ser desalojados del rebaño, no sin antes, recibir el respectivo escarmiento los sábados y con la lacra de ser rebeldes, mal agradecidos y traicioneros. La narración refiere que, poco a poco, los borregos iban desapareciendo, otros se juntaban a nuevas manadas, hasta que el beduino al quedarse casi sin borregos optó por escoger a unos pocos y con ellos buscar, lejos y muy lejos, otros lugares en donde los borreguitos estén tranquilos, libres de peligros y bajo la tutela del beduino que va envejeciendo y por ende perdiendo sus mañas y artimañas de buen pastor. Y, cuando al parecer el campo se quedaba sin borregos, cuenta la historia, que por obra y gracia de una “crónica de una muerte anunciada” que lo llamaron “cruzada”, aparece un joven beduino entrenado por los gringos, que inicia cautivando con promesas de pastorear a cada vez más borreguitos, que recibirían los mejores cuidados de un pastor que ofrece casi todo y a todos. …










