La frustración de una sociedad cada vez más trivial e insegura exige cambios profundos en un pilar esencial: la educación, verdadera clave del futuro. No solo aquella que se imparte en las aulas, sino también la que nace en el hogar y se cultiva día a día en la convivencia. Ahora que inicia un nuevo periodo escolar, vale detenerse en algunas reflexiones para dar la bienvenida a maestros y alumnos. Quienes venimos de una época ya distante recordamos con respeto a nuestros maestros y al sistema que nos cultivó: jornadas dobles, a veces hasta los sábados por la formación en catecismo y opciones prácticas. Aunque los sueldos de los docentes eran entonces más bajos que los actuales, su misión y su vocación eran infinitamente más firmes. Había profesores rurales que enseñaban a todos los grados, mientras en las ciudades un profesor dictaba todas las materias. Pero ellos, no solo se limitaban a impartir conocimientos sino a formar personas, inspirando con su ejemplo y dejando huellas imborrables. Cómo no evocar a mi primera maestra: mi madre, Mercedes Judith; también a otros como Rafael León, Octavio Pesántez, Luis Gaón y, aunque no fue mi institutor directo, evoco la mística de Huguito Arévalo M., quién aún transita por este mundo con el deber cumplido. Ellos forjaban la personalidad de los estudiantes en lo académico, social, ético, emocional... Y los alumnos, conscientes de ello, éramos respetuosos y obedientes. De otro lado, los padres o sus representantes defendían las decisiones y las reprimendas de los …










