Hay que decirlo con la claridad del agua que intentamos defender, mientras miramos las piezas del rompecabezas encajar en esta estrategia infame, deliberada y feroz. Un drama en toda regla, escrito en tres actos. Acto primero, la violencia que nos desangra: “todo vale en la guerra contra el terrorismo”, repetimos mientras contemplamos, hipnotizados, la matanza. Y claro, un pueblo aterrado no piensa, no fiscaliza, no exige sus derechos; pide orden. Orden a cualquier precio. Acto segundo, una ley ha nacido. Es hija del pánico y desdibuja la delgada línea que divide la seguridad del espionaje político mientras “decide” quién es el enemigo. Y ese enemigo puede ser cualquiera: un periodista investigando el multimillonario contrato minero que desangra a Quimsacocha, un activista ambiental que defiende los ríos, un líder comunitario que protege su herencia ancestral y se niega a ser desplazado; yo mismo, por escribir este editorial, usted por leerlo... Acto tercero: La traición. Mientras el humo con olor a pólvora lo cubre todo, en la Asamblea Nacional, la elemental moción para fiscalizar el proyecto minero Quimsacocha, casi un ruego de la decencia política, se sepulta sin siquiera discutirse, desde la presidencia de la Comisión de Biodiversidad —la broma se cuenta sola — y por gracia de nuestra propia asambleísta. Una infamia quirúrgicamente planificada, un acto de servilismo al poder que no tiene nombre y una traición con todas sus letras al pueblo que la eligió. Y mientras esto ocurre, la pregunta flota sobre las aguas de Quimsacocha: ¿quién defiende el …











