A la Camila le han dado como bombo en fiesta. Y la seguirán dando. Y solo por hacerse la “sacrificada” para evitar que al templo donde pululan dibujantes, chambas y chimbos, no vaya la señora Cruz a explicar por qué no sin antes hacerse la señal de la cruz otorgó la licencia ambiental, la luz verde para que una transnacional se lleve el oro de Quimsacocha, horadando las entrañas de este páramo. ¡Chambona también la guambra! Qué le costó votar para que la susodicha vaya y explique su metedura de pata con olor a oro, a mercurio, a plomo, a arsénico, menos a agua. Nada del otro mundo hubiera pasado. Al fin y al cabo, otorgada la licencia, el certificado de defunción anticipada de Quimsacocha, la lucha para lograr su derogatoria está en otro lado, concretamente en Cuenca, en Azuay, como está ocurriendo. Y así ocurre, aunque, claro, esa lucha debió comenzar ni bien se entregó la concesión; ni se diga cuando cierto gobierno vino al páramo con todo su séquito de adulones orgánicos para decirnos que cómo podemos seguir siendo pobres si estamos sentados en un banco de oro; pero, claro, fue la época cuando nadie podía decir nada, so pena de ser perseguido por sus operadores, como los tales serranos, que ahora lloran porque ciertito es eso de que el mundo da la vuelta, y nadie se va de él sin pagar por sus daños causados. ¿Lo ves Camila? Pero bueno, defiéndete cómo puedas. ¿Y los “camilos”? De fiesta …










