Santa Ana de los cuatro ríos de Cuenca, la más bella ciudad del Ecuador, fue bautizada en extasiado momento de amor de quienes tocaron su valle y unieron el torrente de sus genes a los de los bravos cañaris, indómitos y bravíos que aportaron la semilla para singularizarnos del resto, pues Tumipamba o valle de cuchillos como se llamaba, es nuestra cuna que marcó la impronta de rebeldía, canción y valentía. Cuatro hermosos ríos que juntan sus caudales gota a gota de las lágrimas del cerro y montaña abajo sacian la sed de todos los seres vivos. Regatos, piedras lavadas por la eterna caricia de las aguas y el rumor de un canto que es plegaria y es sustento, producen el amor incomparable del cuencano a su terruño. Pero llegó el día en que nació del alma y del pecho, un quinto rio maravilloso, histórico ya. Pero su caudal es de un agua teñida de un color sangre. Palpita. Es rebelde. Canta y grita. No se detiene y en su ímpetu de rebeldía lógica y sana, en sus ¨regatos¨ mágicos de calles y plazas, ordenó mantener la vida, único don valioso para el hombre y sus comunidades y que se soslaye el vil metal que el hombre codicioso tiene hasta en los dientes. 200.000 almas calculan que ¨navegaron¨ en la correntada lacre de protesta, constituyéndose en la más grande marcha de todos los tiempos en la vida republicana y sin necesidad de dádivas que los políticos suelen usar para sumar …










