Pocos los recuerdan o saben siquiera de su existencia, pero fueron parte del holocausto. El primero se llamaba Max Amann (1891 – 1957), importante empresario al servicio del oscuro partido Nazi durante el Tercer Reich. Fue este amigo íntimo de Hitler quien publicó el infame Mein Kampf (Mi Lucha), un fenómeno editorial de propaganda que convenció a una generación entera de alemanes de inmolarse defendiendo la xenofobia y el fascismo. El segundo personaje de la infamia era Friedrich Weiss (1883–1949), el actor y comediante más popular de la Alemania nazi, encargado de trivializar el horror y convertir el temible nacionalismo en cultura y entretenimiento. Dos hombres que encarnan una visión siniestra y aún vigente en nuestros días, también poblados de atrocidades. Hoy el fascismo nos mira nuevamente a los ojos en figuras como Netanyahu y el resurgimiento del nacionalismo étnico – religioso para justificar el genocidio palestino, la figura de Trump y el retorno de la xenofobia en el discurso antiinmigrante, VOX en España con la reivindicación de los símbolos franquistas, la exclusión y el discurso antifeminista, Viktor Orbán en Hungría o Erdogan (Turquía), con el violento ejercicio de la represión, el control de medios y el nacionalismo religioso. Y esto sin contar a nuestros propios caudillos en su afán de imponer leyes de inteligencia (vigilancia), prohibir marchas ciudadanas, pretender tomar control de las cortes y disolver la institucionalidad del Estado. Todo, además, profundamente inmerso en un estado de propaganda y manipulación de la cultura. Dudosos influencers, fake news, tiktoks …











