¡La encontramos! No es la misma que materialmente usó el Padre Carlos Crespi, pero que sí expresa que la suya, nunca dejó de sonar en el corazón de quienes fueron tocados por su bondad. Sí, una campañilla que alguien la dejó con nostalgia y gratitud en su tumba del cementerio patrimonial, donde por 40 años reposaron sus restos mortales. ¿Pero qué de singular puede tener una campañilla, especialmente en manos del P. Crespi? En los antiguos colegios salesianos, el sonido de una campanilla marcaba los tiempos del día: clases, recreo, oración, trabajo; expresión de una educación rígida y reglamentada, donde se enseñaba a responder al estímulo externo como parte del proceso de formación moral; por lo que, más allá de su función práctica, simbolizaba el llamado al orden, al aprendizaje y a la vida. En Cuenca, Ecuador, esa campanilla parece seguir sonando en la memoria de quienes conocieron al sacerdote salesiano, científico, misionero y educador incansable. Es que este magno hombre, no creía en una educación abstracta ni en teorías modernistas. Su método era el del evangelio vivo, del ejemplo cotidiano, del taller y la música, del estudio y la introspección. Como Don Bosco, formaba al niño para el trabajo honesto y la vida íntegra. Promovió escuelas, talleres, bandas musicales, y sobre todo, cultivó un espíritu de familia que transformó vidas. Para él, cada niño era un tesoro escondido, una promesa por despertar. Su campañilla hacía sonar la esperanza en forma de una sonrisa, un consejo, una palmada en el …










