Todo señor, todo honor. Nacido en Biblián, pueblo arisco colgante de montañas del ande portentoso, despliega a lo largo de su vida, igual de portentoso esfuerzo y trabajo en las letras latinoamericanas. Su personalidad y amable presencia, se junta con una inacabable charla de sabiduría en muchos campos y más, mucho más, en el inmenso trigal de la literatura. Anécdotas antañonas, bromas y chascarrillos, copan la tertulia por horas. Es mi enorme amigo y me honro en decirlo. Autor de decenas de libros importantísimos, miembro de prestigiosas entidades y universidades nacionales y extranjeras, en cuyas aulas derramó sus ilustrados criterios y enseñanzas, las mismas qué le otorgaron galardones significativos y es PH. D de algunas de ellas cuando vivía en el coloso norteamericano. No se diga el sin número de premios y reconocimientos a nivel del Ecuador, que haría interminable su enumeración. De tiempo atrás cultiva nuestra amistad con gestos de enorme trascendencia y delicadeza para mí. Viviendo en Quito, no deja de escaparse a Cuenca de rato en rato y pasa escasos días o a lo mucho una semana, pero, sin embargo, siempre recibo su llamada e invitación para almorzar la comida indiana, el cuy y ají de cuy, con el mote ancestral. Somos cuatro, los de la mesa. Jorge Mogrovejo Calle, inmenso pintor y muralista reconocido a nivel del continente, Ernesto Arias, también novelista importante y cuñado de Taitico, como yo le llamo respetuosa y cariosamente a Antonito y yo. Charlamos sin tregua. Reímos sin parar. La amistad …










