Esto y más es agosto, apoteosis de luz, de viento, pájaros y granos. Los maizales maduros matizan de sugestivos amarillos y dorados los campos y el espíritu de la cosecha se vive en toda su dimensión, con particularidades específicas, en cada una y todas las culturas agrarias; con especiales manifestaciones de solidaridad y reciprocidad en los pueblos andinos, con festividades puntuales en otros, como el festival celta de la luz y el fuego que se celebraba el primero de agosto, puesto que se iniciaba el aprovisionamiento de granos para el otoño e invierno. De las cosechas nadie nos quita lo vivido, es más que un decir, es un sentimiento profundamente enraizada producto de vivencias que dieron significados y trascendencia a la infancia; como el recuerdo de los inmensos amarillos maizales maduros listos para la cosecha; las mingas con la familia, la vecindad y los peones de la siembra, que apilaban la chacra cortada para el deshoje del maíz; las chaladoras, el recogido y el reparto de las chalas; los dorados rastrojos del que, nuestros pazos, levantaban bandadas de jilgueros y tórtolas de su festín de semillas; arrear el ganado, en competencia, por los rastrojos y de regreso a los establos pasando por el abrevadero; los lenguajes del cielo intenso de sol, de nubes fugaces y bandadas de pájaros; la fiesta del deshoje del maíz y el juego de las mizhas, las prendas y las apuestas; la minga para la parva con “mantel largo”, “al parvero cuy entero”, crocantes patitas para …










