El sábado anterior, como de costumbre, doña Mery, fue a la feria libre El Arenal. Ella se enteró de la decisión presidencial difundida horas antes: eliminar el subsidio al diésel, considerada, por unos, de valiente, de ultra necesaria para enderezar la economía del país; de que solo un estadista verdadero puede hacerlo, en especial porque ese obsequio del Estado favorece más a los que más tienen, no a la masa empobrecida, tal como ocurre con el valor del gas de uso doméstico, utilizado hasta para calentar el agua en piscinas. Otros, por considerarla una medida neoliberal impuesta por el FMI, de atentatoria contra los pobres, de traición al pueblo, de repercutir únicamente para la macroeconomía, donde lo que importa es que las cifras cuadren, menos en el bolsillo de la gente. Doña Mery vio cumplirse su temor: los precios de los productos, hasta de una funda de mellocos, llegaban a la luna. ¿Y por qué?, preguntaba “No sabrá pues que ya subió el diésel”, le respondían. La especulación, en pocas horas sacó sus garras; en otras palabras, el abuso. Unos se devoran a otros. Creen que todo debe subir de precio y en el mismo nuevo valor del galón del diésel. Ahora todos hablan del diésel, cuya alza, en otros gobiernos, literalmente, fue el combustible para incendiar edificios públicos, cercar ciudades, cerrar vías, retener a personas, cortar el suministro de agua potable, y todas esas acciones que devinieron en vandalismo. Lograron que los presidentes retrocedan. Se quedaron riendo. ¿Qué pasará …










