El león está herido. Lo está desde hacía varios años. Desde que se fue a tiempo para evitar ser enjaulado. Está en otra selva. Desde aquí otea, ruge, olfatea y manda a sus manadas. Ha envejecido. De su melena apenas le quedan cuatro pelos. Cómo se le han multiplicado las arrugas. Son verdaderos surcos sus pliegues naso labiales. Se le han achinado sus ojos. A ratos intenta ensayar su hiénica sonrisa. Sus colmillos lucen careados. No por ello son mortales, y más con sus cachorros débiles. Sus garras ya no agarran del todo. Su cola, menos copiosa, apenas ventea. Por eso las moscas le bailan en el hocico, sacándole de quicio con facilidad. Su rugido, otrora poderoso, amenazante, malévolo, suficiente para obligar a sus críos a arrodillarse o a querer aplastarlos, se oye medio apagado, ni se diga para advertir a los que intentan despojarle de su reinado o quitarle sus leonas o sus leonos, porque es de aquí y de allá también. Sabe que está herido, pero cree que sigue siendo el rey, el rey de sus manadas fieles, sumisas, sin cuya bendición no son nada ni nadie. Él, con su orina azufrónica, les marcó su territorio. Ninguno puede rugirle viéndole a los ojos. Los machos o hembras que lograron cierto poder en parcelas de ese territorio, saben que le deben semejante dicha. Deben cuidar esos espacios a muerte. Guiarse por sus regidos, replicarlos, caerles encima a cualquier otro depredador que intente horadar ese suelo ganado hasta con malas …










