Ayer me prometí algo, si lo incumplo me recriminan por favor. Quiero entregarles experiencias y conceptos positivos, estimulantes, alegres. No todo está perdido o, mejor, nada está perdido. Hemos arrinconado al bien. Déjenme que hoy, por última vez, señale vientos que nos azotan y vivencias que inducen al desaliento. Menciono esto porque hay dos formas de ser útil cuando se tiene el privilegio de divulgar percepciones y conclusiones sobre la vida nacional: mencionar aquello que no debe hacerse y, también, lo contrario, indicar lo que se debe hacer para evitar la proliferación de ideas o conductas insanas. Nuestra sociedad está siendo bombardeada, con insistencia, con materiales de máxima peligrosidad y, lo que es peor, nos hemos acostumbrado a dicho bombardeo; lo recibimos como algo parte de, como un complemento que ya no llama nuestra atención. Lo más grave a mi entender es el peligroso acercamiento a una sociedad que está perdiendo, aceleradamente, los parámetros para distinguir entre el bien y el mal. Les invito a reflexionar sobre esta afirmación personal; me agradaría que me pidan, con argumentos, que yo rectifique aquello que acabo de afirmar. Cuando un conglomerado humano olvida ciertos cánones básicos de convivencia destinados a mantener en vigencia los basamentos del respeto individual y social, se puede afirmar una debacle social, un derrumbamiento de lo correcto. Veo con enorme sorpresa y preocupación que parte de nuestra juventud anticipa su llegada, se despide con prisa de la niñez, para entregar su vitalidad e ilusiones a un destino anhelado: ser …











