Las cosechas en nuestros campos, más allá de ser la etapa final del año agrícola y, por lo mismo, espacio de recolección, inventario y aprovisionamiento de granos para el nuevo ciclo agrario, tienen especiales formas de participación y celebración comunal, producto del sincretismo cultural que aportó el encuentro, en nuestro valle ancestral, de cañaris, incas y europeos, los más cercanos conocidos en la historia, aportando saberes, usos y costumbres puntuales en el calendario agrícola, definiendo una especial tradición comunitaria de participación. La Chala: “nombre quichua que se da al resto de la cosecha, que recogen los más pobres” (Oswaldo Encalada Vásquez), son productos de la chacra olvidados o a propósito dejados sin cosechar para ser recogidos y obsequiados a los cosechadores al final de la jornada, una sutil muestra de reciprocidad para con quienes trabajaron en las labores de preparación de la tierra, aradas con yunta de bueyes o con tractores, en la siembra, en el aporque y cuidado de la cementera todo el año y, por lo mismo, buscados para las cosechas y la minga de la parva, genuino castillo de plantas secas del maíz para alimentar al ganado. Se invitaba también a familiares cercanos, a los compadres y ahijados y a veces, a los espontáneos que, como ahora en tiempos de navidad en la ciudad, llegaban para pedir su chala en las cosechas, no necesariamente aceptados, recibían su presente, se prefería a quienes trabajaron a lo largo del año agrícola. La chala, mazorcas de maíz con sus pucones …










