Dicen que los corruptos tienen su propia oración: “Señor, no te pido que me des, ponme donde hay. Y de lo demás, yo me encargo”. Se sobrentiende que se trata de dinero. De qué más puede ser. Algo similar al del “cuánto hay” para hacer cualquier trámite, un negocio sucio. En fin. Donde huele a dinero fácil, “a billete” como suele decirse en cierta región de este país carcomido, aparecen los orantes del mal, a primera vista angelitos, señorones, hasta con títulos de esos que ahora valen más que sus apellidos, posiblemente conseguidos usando la banca móvil. “…De lo demás, yo me encargo”. Literalmente, algo así como: tú, Señor, puedes retirarte. Si lo puedes, carga con mi pecado… Vale precisar. No se trata de una oración como la que suele expresarse para contactarse con Dios. Sería ridículo. Más bien es un decir para graficar la sinvergüencería del corrupto, su viveza, su consigna de “si no es ahora, es nunca”, de no ser “lerdos”, más claro, pendejos, cuando consideran que el Señor los ha puesto “donde hay”. Cuántas fortunas habrán amasado esos orantes. Los ha habido desde la creación de la República. Y siguen habiendo, reproduciéndose, peleándose entre ellos, ostentando uno que otro poder o tras bastidores. ¿A qué viene todo esto? Vamos. ¿Cuántos ecuatorianos habrán leído la investigación realizada por diario Expreso sobre las famosas “derivaciones” del IESS a hospitales y clínicas particulares? La intención pudo ser buena. Colapsados los hospitales del Seguro Social, como lo están ahora, sin medicamentos, …










