Memoria de una revuelta olvidada Sí. Nosotros también tuvimos nuestro bautismo de sangre. El escenario era insostenible: los deslaves en las montañas durante aquel duro invierno de 1925, habían cortado las vías de comunicación mientras los torrenciales aguaceros anegaban los salinares del litoral. La sal, insumo esencial para preservar los alimentos en los largos periodos entre cosechas y mantener a raya el fantasma de la hambruna, había desaparecido de los mercados y, tras varias semanas de carestía, comenzaría a cundir la desesperación popular. Romero Palacio lo describe con un realismo escalofriante: “De todos los sitios de la provincia llegaban los rumores del gran descontento y alboroto de los indios, resueltos a morir si no se moderaban los impuestos o se cambiaban autoridades que no parecían ser sino sus verdugos”. En los viejos caminos de herradura los arrieros eran emboscados mientras las bocinas silbaban con el viento de los andes, despertando la vieja sed de venganza contra la fusta del mayoral. Desde Turi, Llacao y Ricaurte bajaban silenciosos y se agrupaban en Cullca y Milchichig, azuzando de lejos la ciudad donde los acaparadores de la sal se escondían aterrados. La policía y el ejército pronto cercarían la ciudad. Las calles vacías de una Cuenca desconocida y un silencio helado anuncian el alba de sangre, que llegaría, según la crónica de este mismo diario, el 20 de abril de 1925: Juntos, afincados en las afueras de la gobernación. Sombríos, tensos. De pronto un altercado entre un campesino y un militar. Un tiro, …










