Resulta casi utópico que un gobierno –del tinte sea: amarillo, rojo o morado– pueda empuñar un bisturí capaz de extirpar todos los tumores malignos enquistados en las instituciones y más allá de ellas. Sin embargo, quien ascendió al poder no por principios, valores, ideología o visión de estadista, sino por la urgencia de evitar el colapso y el retorno a populismo inmoral y delincuencial –y de paso librar al país de la miseria que devora a Venezuela, Cuba o Nicaragua–, debe entender que el pueblo espera un cambio copernicano. Es necesario reconocer y respaldar las acciones destinadas a reducir tanto la delincuencia común como la organizada, así como a los “intelectuales” que manejan los hilos de esta perversidad. Porque ahí, en esas mentes y estructuras, están los verdaderos resortes de la violación de derechos y de la vida misma. La llamada “justicia”, mal entendida y peor aplicada, no sólo ha sido cómplice desde cortes, jueces y fiscales, sino también desde terceros actores que han hecho del delito un negocio. Los recientes arrestos de grandes criminales y el descubrimiento de los delincuentes intelectuales que, desde oficinas o desde el extranjero, daban órdenes para sembrar caos, expandir el narcotráfico y hasta decidir quién debía morir –como ocurrió con Fernando Villavicencio– han permitido desenredar parte del ovillo de tanta miseria humana. Pero no basta. A las instituciones judiciales y políticas antes mencionadas se suman otras que hemos denunciado reiteradamente desde esta columna: las registradoras de la propiedad y las notarías, que con frecuencia …










