Hemos crecido con el dicho: la curiosidad mató al gato. Querer saber tiene un precio y eso está escrito desde los albores del tiempo. Eva en medio del paraíso dejándose tentar por lo desconocido, por probar esa manzana que le prohibieron comer. La mujer de Lot que se convierte en estatua de sal por mirar atrás, cuando le advirtieron que no lo hiciera. En el colegio nos enseñaron que el conocimiento nos hace mortales, y es ese mismo conocimiento el que nos lleva a transitar en medio de los sinsabores cotidianos. Los seguidores del Antiguo Testamento se preguntan ¿qué hubiera sido de la humanidad si Eva no mordía la manzana? La curiosidad va unida al conocimiento, así como la respiración al aire. Si nos hacemos preguntas es porque buscamos respuestas. Si cuestionamos lo que vemos es porque nos imaginamos otra forma de hacer las cosas. La manzana de la conocida marca Apple, con su mordisco, no es pura casualidad. Muerde y conoce. Sin curiosidad el hombre no hubiera sobrevivido. Gracias a ella progresó y mejoró su estilo de vida. La curiosidad es un antídoto contra la pereza que atrae todo tipo de males; contra el conformismo y amansamiento al que nos lleva el exceso de información y el consumo desmedido que no deja satisfecho a nadie. El célebre astrónomo y autor de “Cosmos”, Carl Sagan, dijo: “Hacemos que nuestro mundo sea importante por la valentía de nuestras preguntas y la profundidad de nuestras respuestas”. Horacio decía: “Atrévete a saber, …










