El reciente escándalo que golpeó a la academia ecuatoriana no es un hecho aislado, sino el síntoma de una enfermedad inducida y profunda: la sobredosificación profesional. Un grupo de estudiantes de Medicina, al postularse en el extranjero, ocupó decenas de los primeros lugares en los procesos de selección. El dato asombró a propios y extraños: de los primeros treinta puestos, nueve fueron ecuatorianos. Una hazaña sospechosa que pronto se confirmó como lo que era: trampa. Detrás de esa vergonzosa revelación hay una verdad que se repite: el Ecuador produce más médicos de los que el sistema puede absorber. La proliferación indiscriminada de facultades de Medicina, sin planificación ni control, genera miles de egresados que se enfrentan a una realidad amarga: hospitales saturados, plazas rurales insuficientes, precarización laboral y, para colmo, la importación de médicos extranjeros. ¿De qué sirve formar profesionales si el Estado no garantiza espacios para que ejerzan? En Argentina, el Ministerio de Salud de la Nación expuso un hecho contundente: una universidad ecuatoriana que representaba apenas el 0,02 % del total de postulantes logró ubicar a nueve de sus estudiantes entre los primeros 27 puestos. El fraude fue evidente y la consecuencia inmediata: el estigma de ser vistos en el extranjero como oportunistas y no como profesionales capaces. Es la peor condena para un país que debería exportar excelencia, no sospechas. La raíz del problema es clara: la universidad se ha convertido en un negocio rentable, en un botín político y también en una herencia familiar. Ciudades pequeñas …










